Mi abuelo cumple 104 años

Desde hace 15 años que cada 16 de febrero celebramos la vida; Don Luis vive en Villa Mercedes, San Luis, tiene 4 hijos, 15 nietos y 14 bisnietos y cuando alguien le pregunta cómo llegó tan lejos dice que por sus rutinas.

Hace mucho tiempo que quiero escribir sobre mi abuelo, pero nunca encontré el cómo. No voy a seguir esperando para hacerlo: hoy cumple 104 años. Y, como hace casi 15, no sé sí el próximo 16 de febrero vamos a poder seguir celebrando su vida. En diciembre fui a una bruja y cuando le hablé de mi abuelo, movió las manos y me dijo “A este hombre todavía le faltan años”. “¿Años?”, pregunté. “Sí, años”. Y así vamos, verano a verano, viendo cómo Don Luis sigue surfeando olas. Hoy no voy a poder estar con él. Vive en Villa Mercedes, San Luis. Pero sé con certeza cómo va a ser su día. Se va a levantar a eso de las 10 de la mañana -después de haber trasnochado-, va a sentarse en la mesa larga del living a desayunar. Va a haber algunas frutas cortadas, unas tostadas de pan integral, miel, café, jugo de naranja y, seguramente, nueces y almendras. Si estuviera viva mi abuela, la mesa tendría dátiles. Después va a empezar a hablar, hablar hasta que se le seque la garganta. Va a hablar del negocio (al que le dedicó la vida), de la rutina, de una nota que leyó en el diario LA NACION, el diario que lee desde los 13, de lo importante que es la familia. Y así, casi sin respirar, mi abuelo ira tirando sus máximas. “´Tú que puedes, vuélvete. Me dijo llorando el río´”, va a repetir en algún momento del día parafraseando a Atahualpa Yupanqui. Y cuando termine de decir esa estrofa, va a sonreír y los ojos se le van a poner más chinos. Después se va a sentar en su sillón a leer. Va a leer. Se va a quedar dormido de a ratos y después va a volver a leer hasta que esté la comida.

Me acuerdo cuando festejamos los 90 en un restaurante. Estábamos todos emocionados, todavía no había bisnietos y él pasaba seis meses en Buenos Aires y otros seis, en San Luis. Pasaron 10 años sin que nos diéramos cuenta y llegaron los 100. El hombre seguía cumpliendo. Ya no nos quedaban ideas: contratamos a un tenor. Ya había niños correteando. Ese fue el último año que vino a la Capital. Hace 4 que dejó de viajar y se quedó firme en su casa mercedina, desde donde baja una escalera y está en el negocio. Por ese entonces también seguía trabajando, yendo a hablar con los empleados, leyendo números. De un día para el otro, se encorvó. Fue justo después de una caída y, desde entonces, empezó a sentirse más inestable. Antes, caminaba 50 cuadras por día. Cada vez que hablamos siento lo mismo: es como si el tiempo no hubiera pasado y, en esa conversación, él podría tener 80, 90, 100 y me seguiría diciendo lo mismo. El tipo está intacto, tiene la misma lucidez, el mismo instinto, la misma filosofía de vida. De él aprendí que la vida no es otra cosa que esfuerzo, que la suerte no alcanza, que hay que masticar 100 veces cada bocado de comida, que las rubias oxigenadas no tienen personalidad, que tengo que llevar a mi novio a la biblioteca, que la mujer tiene que tener una vocación pero que tiene que ser buena madre, que no hay que salar la batata, que la mejor manera de viajar es con los libros. Todavía sigo sin poder contestar la pregunta que me repetía en cada visita a su casa en Villa Mercedes: “¿qué vino primero, el huevo o la gallina?”.

A la tarde, seguramente, suba a la terraza a tomar un poco de sol (vitamina B, le dice) e intente hacer algunos ejercicios para perderle el miedo a otro tropezón. Va a volver a sentarse a la mesa, esta vez para comer. Y ahí, Irma, la cocinera, va a traer un desfile de platitos. Aceitunas, roquefort y pistachos, para empezar. Después, el menú puede variar, pero lo que no varía es el vino tinto y el alfajor Havanna de postre. En la última visita que le hice, me dijo que había encontrado la fórmula de la felicidad en una copa de vino. A veces está conectado con las cosas buenas y hace chistes. Mi abuelo es ágil. Y, más allá de no haber ido al colegio, tiene el conocimiento de la calle, de los libros, de la historia. Después de todo, nació antes de la Primera Guerra Mundial, coqueteó con el comunismo y después cambió de opinión…, sobrevivió a todos su amigos y a casi todos sus hermanos.

De los cuatro hijos que tuvo, dos viven en Buenos Aires, una en Villa Mercedes y el otro, mitad y mitad. Pero él se siente solo. Se siente solo y tiene 4 hijos, 15 nietos y 14 bisnietos. Se siente solo porque de noche, a veces, ve de cerca a la muerte. Sabe, como todos sabemos, que nos vamos a morir. Pero, para él es algo palpable. Tiene miedo de cómo va a ser. Imagina. Piensa. No entiende por qué sigue vivo, pero no deja de surfear: sigue obediente las indicaciones de los médicos y está al día con los artículos sobre alimentación. Algunos días siente que no puede respirar bien, le viene como un pánico, pero se le va yendo. Hay algo que lo mantiene acá. Sigue pendiente de la situación política del país y también de cada uno de nosotros. De los 15 nietos, 9 tuvieron hijos y los otros venimos con otros tiempos. Las charlas sobre maternidad se hacen pesadas. Cada viaje a San Luis es aceptar que el siglo que lleva encima hace que no entienda mi manera de ser. “Ya viajaste mucho, pero ser mamá es tan lindo”, trata de convencerme. Primero, como un maestro Siruela y, después, con su mueca característica. Don Luis es perceptivo y sabe. Su método nunca fue fácil. Es crudo, frío, desafectado. Cuesta no enredarse o sentirse atacado. Pero es su método, es el que usó cuando se murió su mamá y lo dejaron con sus tías en Uruguay. Tenía 6 años. Y el que iría usando a lo largo de su vida. Hace 10 años que mi abuela no está. Todavía me acuerdo la escena de su muerte. Él estaba sentado en un sillón del living, mis hermanos, mi mamá, algunos primos y yo estábamos con ella en el cuarto hospitalario que habíamos montado en su casa porteña. Estaba agonizando, pero nosotros estuvimos con ella hasta que dejó de respirar. Cuando supimos que había muerto, mi mamá se acercó a él y le dijo “Papi, se fue”. Mi abuelo no lloró, pero esos ojos grises y chinos perdieron la luz.

A veces me cuesta ir a visitarlo. No sé cómo levantarle el ánimo, no sé cómo convencerlo de que está bueno seguir viviendo. No sé si está bueno seguir viviendo cuando toda la gente que conociste se fue. Pero, por alguna razón, llegamos de vuelta a febrero, al 16 de febrero, y mi abuelo está de pie. Y hoy, después de desayunar frutas, tomar vino, dormirse en el sillón, leer y hablar, va a cenar con varios de sus nietos, bisnietos y los hijos que pudieron viajar. La casa se va a llenar de ruido otra vez. Va a haber champagne. Mis sobrinas están allá y él no va a perder el tiempo: las va a poner a pensar en el huevo y la gallina.

Fuente: La Nación

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