“Soy Sabrina y soy Ariel”: la transformación de la jefa de los agentes de tránsito de la Ciudad

Sabrina Palazzo empezó su trabajo en el Cuerpo de agentes de Tránsito de la Ciudad con su identidad de hombre. Pero hace dos años se colocó mamas y completó su transición. Dirige a 25 choferes y agentes de tránsito.

Sabrina camina con autoridad por los pasillos de la Dirección del Cuerpo de Agentes de Tránsito de la Ciudad. Los muchachos que hacen multas, dirigen el tránsito y acarrean autos están almorzando, y cuando Sabrina pasa no pasa desapercibida: mide casi 1,90, es la única mujer trans del Cuerpo y es la jefa de un sector. No sólo eso: hoy es Sabrina Palazzo, la jefa, pero muchos de ellos la conocieron acá mismo, mientras era Ariel.

De los 2.000 agentes de tránsito que hay en la Ciudad de Buenos Aires, Sabrina es la única mujer trans. Tiene 42 años, el pelo rubio, aros de perla y unas 25 personas a su cargo. “Yo tengo mi carácter eh, y por eso me gané el respeto de los demás”, dice desde una oficina en la calle Chacabuco. Y su forma de ser se ve en una escena.

“Me han dicho ‘viejo, todo bien?’ o ‘¿cómo andás, campeón?’. Y eso un poco me cansa. Yo entiendo que trabajo con choferes y que son todos hombres pero yo no puedo estar en una actitud de diosa y de seducción todo el tiempo para que vos me trates de mujer. Yo les digo: ‘Escuchame una cosa: me operé las lolas, me maquillo, me depilo la cara, tomo hormonas desde hace años: si quisiera que me trataran como hombre seguiría mostrándome como hombre”, cuenta.

 

Dice, también, que esa falta de registro no viene de todos lados: “Porque a veces yo voy manejando y me paran los chicos que piden en la calle y me dicen: ‘doña, ¿no tiene una moneda?”.

 

Sabrina nació en la Ciudad de Buenos Aires, es hija de una madre chaqueña y de un padre descendiente de italianos. Fue Ariel, el hijo único de ellos, aunque de parte de su padre tiene otros dos hermanos varones. No tuvo una infancia ni una adolescencia marcada por el sufrimiento.

 

“Yo recuerdo que ya nací así, digamos. Cuando era chica, en vez de jugar a la pelota jugaba al elástico y cuando iba a lo de mi prima me moría por jugar a las Barbies. Tenía un títere que era un monito y yo le daba de comer como si fuera un bebé. Tenía un amigo con el que jugábamos a la Dama Antigua: nos poníamos almohadones grandes simulando el miriñaque y una sábana por encima que hacía de vestido”.

Un psicólogo dijo que el problema era que Ariel era demasiado “mamero” y entonces su papá, que ya estaba separado de su mamá, se fue a vivir a dos cuadras de su casa. “La idea era que estuviera más cerca para que yo hiciera más cosas de hombre y con hombres”. Su papá, un camionero que solía llevar a Ariel de chiquito en la falda para que aprendiera lo que era estar al volante, lo mandó a taekwondo.

Tenía 12 años. Dejó al año siguiente. “Igual me modificó mucho el carácter, me hizo ser como soy hoy: más fuerte, más plantada y un poco a la defensiva”, dice. Ese carácter la ayudó a atravesar la secundaria en donde sí hubo cargadas que le dolían: maricón, trolo, puto, afeminado.

A los 24 años y mientras llevaba “una vida camuflada”, empezaron los ataques de pánico: “Yo ya estaba saliendo con un chico. Cuando se lo pude contar a mi mamá se me pasó todo”. Todo lo que supuró mientras estudió teatro, la ayudó a sacar y a seguir. Después vino el instructorado de fitness y los años en que dio clases de baile y de gimnasia aeróbica.

Fue su papá -que además de camionero fue boxeador- quien le dijo que se sacara el registro profesional y se consiguiera un trabajo. Y así, en 2006 empezó a trabajar en la Guardia Urbana: “Íbamos a los incendios, a ayudar a la gente, cortábamos los arboles peligrosos”. Ariel ya tenía el pelo largo y negro, había dejado de levantar pesas y había empezado a tomar hormonas para tener rasgos menos masculinos. En ese entonces, no existía la Ley de identidad de género y para hacer un tratamiento hormonal había que tener una orden de un juez.

“Y ahí me la mandé porque me empecé a automedicar. Me inyectaba Perlutal, que es un anticonceptivo y tomaba otros en pastillas al mismo tiempo. Ahí si me había subido al tren de que quería ser mujer a cualquier precio. Hasta que un día me subió la presión y creí que moría”, dice. Y lo que cuenta es que en dosis tan altas el combo de hormonas arruina el hígado y anula la líbido sexual. Además, dice que el shock hormonal la había hecho sentir lo que a veces sienten las mujeres: momentos en los que perdía el control porque las hormonas decidían por ella.

El puesto que siguió fue el de chofer, en la calle, durante operativos y controles de alcoholemia. Le costó ascender: había alguien que movía las fichas “por amiguismo”. Pero cuando ese alguien murió logró que otros jefes valoraran su forma de trabajar y lo ascendieran al puesto de supervisor: “Cuando quedé de supervisor hubo un cambio grande acá. Pensá que los choferes se quedaban tomando mate, comiendo facturas o no querían salir. O se iban a un viaje de media hora y tardaban 2. A mí no me gusta la vagancia así que todo eso fue cambiando”.

Mientras seguía en su puesto de supervisor, hace dos años, se puso las mamas. “Y nada, no pasó nada. O yo, con mi forma de ser, no me fijé si alguien me miraba raro”. El año pasado, la ascendieron a “Coordinadora de automotores” de la base. Su autoridad está a la vista: durante la charla con Infobae, los agentes le golpean la puerta con respeto para hacerle preguntas operativas (¿qué hago con la plata para los peajes?).

“Yo antes quería ser mujer a toda costa pero ahora estoy bien así: no voy a ser nunca una mujer biológica, yo soy trans. No me operé ni me cambié el nombre en el DNI porque me da fiaca la burocracia de cambiar las tarjetas, los documentos, los papeles del auto, de la obra social. Así que soy Sabrina y también soy Ariel. Sabrina por ‘la bruja adolescente’, mirá hace cuánto tiempo tengo elegido mi nombre femenino”, dice. Después, se ríe: cree que tendría que vivir en Disney para ser como La Sirenita, que se llamaba Ariel pero era una chica.

Sabrina dice que le gusta ver que mucha gente está reflexionando y cambiando actitudes, y que también ella está cambiando algunas suyas. Dice que tiene un hermano colectivero y otro que juega a la pelota en un club, y que los tres se adoran. Que su propio padre llegó a decir que si los amigos de fútbol la cargaban, él se iba a ocupar del tema. Y que su mamá, que es una católica ferviente, fue quien hizo lo posible para entender: le compraba calzoncillos y minifaldas a la vez.

“Yo voy a misa todos los domingos. La otra vez era Santa Rita y yo estaba ahí. Me acaba de confesar y una señora me dice: ¿no querés llevar las ofrendas? La Iglesia estaba llena, hice todo el camino llorando de la emoción”.

Y no sólo reflexionan los otros. “Claro que no. Que sea trans no quiere decir que no tenga mis prejuicios machistas, lo importante es que trato de corregirlos. Por ejemplo, me cuesta mucho que haya choferes mujeres. Yo manejo el acarreo de autos en grúas y las mujeres no quieren manejar grúas, no quieren manejar en el tránsito, tienen más miedo. La otra vez vino una mujer y me senté con ella, para que las dos enfrentáramos nuestros prejuicios: yo entrevistaba a una mujer y ella era entrevistada por una travesti. Al final, tenía una actitud tan tremenda, estaba tan plantada, que la mandé a que fuera a hacerse el registro profesional”.

Y lo que cuenta habla de cómo están clavados los roles de género en la matriz de cada uno. “Hay mucha gente que me llama por mi nombre de mujer pero sigue mostrándome mis estereotipos de hombre. Por ejemplo, tengo amigas que me dicen que soy re inútil con las cosas de las casa y que las tienen que hacer ellas, ¿y yo qué hago? Me abuso y no hago nada. ¿Y sabés que tengo también? La caballerosidad. La sigo teniendo, te espero a que entres, te voy a buscar, te dejo pasar. Así que ahora soy una caballera”, se ríe. Después se va. La hora del almuerzo terminó y hay 25 choferes y agentes que esperan que ella les de instrucciones.

Fuente: Infobae

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